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Tomás eloy martínez y los premios

DON TOMÁS ELOY MARTÍNEZ Y LOS PREMIOS

 

Conocí al enorme escritor que era Tomás Eloy Martínez a través de una amiga muy querida: Jennifer French, norteamericana, profesora de letras y estudiosa aplicada de los escritos surgidos en nuestra región después de la desastrosa experiencia carnicera de la Guerra de la Triple Alianza.

Jennifer había sido alumna  de Tomás Eloy en la universidad, en "Literatura Hispanoamericana" y tal fue el fervor que el profesor infundió a las clases, como todo cuanto hacía, que Jennifer quedó atrapada para siempre en la fantasmagoría de las letras de Hispanoamérica.

Leí que grandes escritores (recuerdo a Carlos Fuentes…) reconocieron que después del espaldarazo de la gente a la obra narrativa de T. E. Martínez (Santa Evita es la novela más traducida de la literatura argentina) los académicos no le dieron el mismo reconocimiento. No sé si a Tomás Eloy le habría interesado mucho una presea más, creo que ganarse la de la lectura masiva de sus obras es el mejor premio que un escritor puede merecer, es el único verdadero premio sencillamente porque para eso se escribe.

Como Tomás Eloy estaba terminando un libro sobre la muerte, y uno de los capítulos se refería a los últimos días de Augusto Roa Bastos, un día, a instancias de Jennifer, me llamó a casa y concertamos encontrarnos. Me mostró el borrador de lo que había escrito sobre Roa a quien conocía desde la juventud que reseñó en dos o tres frases como sabía hacerlo; luego los recuerdos del exilio común en Venezuela después del golpe militar en la Argentina del '76 (Roa siempre decía que fue doblemente exiliado ya que primero tuvo que salir de Paraguay y después de la Argentina, siempre por la misma causa: ninguna, ya que no militaba en política ni era activista revolucionario...) y por último, los detalles que deseaba conocer sobre la muerte de Roa Bastos que fue a consecuencia de una caída en su casa, que generó un hematoma subdural, datos que después reflejó en el escrito que preparaba en ese momento sobre el inquietante tema de la muerte.

Casi imperceptiblemente pasamos de este tema a la literatura, entonces comprendí por qué Jennifer se había sentido imantada por el poder de interesar que podía generar Tomás Eloy Martínez en su auditorio. Hasta ese momento yo sólo había leído "La novela de Perón", pero después de este primer encuentro lleno de frases que, siendo ingeniosas nunca perdían la profundidad y la capacidad de dar un vuelco a un concepto, salí de casa de Tomás con "Santa Evita" (que leí y recomiendo vivamente, enfáticamente a todo argentino/a que desee comprendernos) pasé por una librería y compré El cantor de tango y El vuelo de la reina.

Nos encontramos dos o tres veces más, en cada oportunidad Tomás Eloy volvía a sorprenderme siempre con frases como ésta que abre el capítulo 7 de Santa Evita: "El arte del embalsamador se parece al del biógrafo: los dos tratan de inmovilizar una vida o un cuerpo en la pose con que debe recordarlos la eternidad" o esta otra: "el hombre es lo que es, y también lo que está por ser". Esos relámpagos de la verdad que uno no sabe si vienen del escritor, del periodista, de ambos, o de ninguno tienen la asombrosa capacidad de hacernos avanzar veinte casillas de un solo paso en el juego lleno de acechanzas que es el ajedrez de la realidad. Y más aún cuando esta realidad se refiere a la sociopolítica de Latinoamérica, tan enrevesada y atrabiliaria que vivimos en ella confundidos y en penumbras.

Puedo decir que en una semana de lectura recorrí de mano de Tomás Eloy desde el primer peronismo hasta la crisis del 2001 en una sucesión casi vertiginosa de hechos y personas debatiéndose en medio de esa historia argentina contemporánea desgarrada entre contradicciones, tal como la vemos hoy día en cualquier noticioso pero elevada a un nivel de conflictos que únicamente el arte puede transfigurar, hacerlos carne dentro de cada lector, ya que la maestría de Tomás Eloy Martínez consistía en situarnos dentro del conflicto, hacernos decidir por el villano, por el héroe gastado de la contemporaneidad, por el indiferente que ve pasar las cosas y se encoge de hombros. Pero allá, al final de la obra, cuando cerramos el libro, tenemos la honda explicación de por qué estamos como estamos.

Este inmenso escritor que falleció dejó detrás de sí un hondo ejemplo de virtud cívica y compromiso con la información, por eso nuestra deuda con su obra irá creciendo en un futuro cercano para todos los hispanoamericanos, cuando empecemos a comprender de verdad nuestra historia, nuestro periodismo,  y el más profundo valor de nuestra cultura común, dividida por espejismos.

 

 

Alejandro Maciel, febrero 2010.

 

 

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!Sobre el blog

El blog de la revista-libro PALABRAS ESCRITAS semestral que se edita en Asunción, Paraguay, con obra literaria de autores de Brasil e Hispanoamérica.
La publicación cuenta con la valiosa colaboración de investigadores, estudiosos y académicos de importantes universidades que escriben sobre obras y autores latinoamericanos.

 

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Las bocas de las vocales

 

LAS  BOCAS DE LAS VOCALES

 

 

 

Se durmió el Oso Hormiguero

de tanto comer bananas

Y eso que no tiene boca,

ni puede decir pavadas.

 

Se durmió soñando un tren

donde viajan las vocales,

con la “A” que va al dentista

a curarse cuatro caries.

 

La comadre de la “U”

tiene flojas las caderas,

no puede bailar corridos,

flamenco, ni chacareras.

 

¡Pero mire doña Poncia,

con quién conversa la “E”,

oronda, como si nada

y tomándose un jerez!

 

Nada más ni nada menos

con la “I” que es tan delgada

que ya no dobla las piernas,

almuerza y duerme parada.

 

Pero el colmo de los colmos:

La “O” está con paperas

y la cara se le hinchó

desde adentro para afuera.

 

¡Qué bicho el Oso Hormiguero!

Durmiéndose a pata suelta

se me comió las vocales.

No puedo seguir el cuento.

 

¿Qué hago con consonantes?

Nmrscv trs ñpbm gtskj:

no me sirven para hablar

Si el bicho sigue durmiendo

lo vamos a despertar.

 

Cantando la marcha nupcial

“agua va” al bicho durmiente,

Como se hace en carnaval

Cuando se baña la gente.

¡Éa!

 

 

 

 

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Presentación de palabras escritas en la sea de buenos aires

Presentación de la revista-libro "Palabras Escritas" Nº 6 y recital de poesía correntina en el auditorio “Francisco Madariaga” de la SEA.


El próximo viernes 25 de setiembre a las 19 horas, en el salón de actos de la SEA (Bmé. MitreAuditorio Francisco Madariaga
Bartolomé Mitre 2815 - Of. 225 a 230  Frente a Plaza Once) de la Ciudad de Buenos Aires se presentará el Nº 6 de la revista/libro semestral “Palabras Escritas” y un recital de poesías de 4 autores correntinos: Francisco Madariaga, Marta Quiles, Carlos Gordiola Niella y Juan José Folguerá.


 
"Palabras Escritas" se define como un diálogo cultural entre Brasil e Hispanoamérica. Contiene material creativo (cuento, poesía,ensayos, fragmentos de novela, narraciones y teatro) de autores/as latinoamericanos y comentarios críticos de investigadores/as y académicos/as que se ocupan de obras y autores latinoamericanos de los más importantes centros de estudios de Occidente, como las universidades de Poitiers, Lyon, Valencia, Montreal, Madrid, Bolonia, Sorbona de París, Rosario, Buenos Aires, Sao Paulo, Ottawa. Se publica mensualmente en Servilibro, de Paraguay, 240 páginas.
El director de la publicación Alejandro Bovino y la narradora paraguaya Mabel Pedrozo hablarán de la revista y convocarán a escritores/as e investigadores para colaborar con la publicación. Posteriormente Gustavo Rey, Gerardo A. Pérez, Griselda Figueredo y Juan Manuel Romero leerán las poesías de los autores correntinos. Para finalizar el músico Ariel Acuña interpretará dos chamamés con letras de Marta Quiles, poeta correntina fallecida en 2001.

En este nuevo número 6 de "Palabras Escritas", (que es semestral y edita Servilibro, de Paraguay) la catedrática de La Sorbona, Milagros Ezquerro, interviene con un minucioso estudio de la narratología de la novela "Pedro Páramo" de Juan Rulfo, mientras la profesora de la Universidad de Florianópolis, Salma Ferraz, rastrea las huellas del "Diablo en la literatura" desde su especialidad, la teopoética. Hay narraciones de Marcelo Juan Valenti, Pilar Romano, Ricardo Benítez, Susana Ballaris, Luis Hernáez, Raúl Astorga, Carolina Orlando y Carlos Morán. Poesías de Pepa Kostianovsky, Florencio Godoy Cruz y Nicanor Parra. Estudios de la comunicación mestiza, de Fany Trainer, violencia en Latinoamérica, de Héctor Boleso, poética de la melancolía en Pizarnik por Enrique Acuña, un estudio de la narrativa de Heránez, por Vicente Peiró y sobre las poetas cubanas de la diáspora de Aimée Bolaños.
Una pequeña antología de la poética de Elvio Romero sirve para recordar y homenajear al poeta paraguayo fallecido en 2006.
Obra creativa de autores Latinoamericanos y crítica especializada de catedráticos europeos completan esta sexta entrega de esta publicación que intenta unir los universos creativos de Brasil e Hispanoamérica.
 

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Alejandro Bovino

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"Palabras Escritas" en la Casa del Escritor de Montevideo

El viernes 12 de junio 2009 se presentó el sexto número de la revista~libro "Palabras Escritas" en la Casa del Escritor, en el Mercado de la Abundancia del centro de Montevideo.

En el acto, la profesora María Angélica Petit, junto a la vicepresidenta de la Casa dle Escritor, Adelaida Fontanini recibieron a los escritores Mabel Pedrozo, de Paraguay y Alejandro Maciel, de Buenos Aires, ambos del staff de "Palabras Escritas", la publicación que alguna vez soñara Roa Bastos como un puente cultural entre Brasil e Hispanoamérica.

Con la presencia de los escritores uruguayos Ricardo Capurro, Sylvia Riestra, Sonia Otero, Rosana Malaneschi, Gustavo Gómez Rial y Silvia Carrero Parris (entre otros colegas) Alejandro Maciel como director de Palabras, reseñó la breve historia de la revista y los distintos sitios que visitaron enferias de libros, congresos y reuniones de literatura para difundir esta idea de reunir textos de autores desde Méjico hasta el sur de Argentina y obra crítica de especialistas de universidades prestigiosas que se hayan ocupado de obras y autores latinoamericanos.

Mabel Pedrozo leyó cuatro cuentos de su último libro. La reunión terminó en el comedor del antiguo Mercado de la Abundancia hoy convertido en un activo centro cultural y social de Montevideo. La proactiva Adelaida Fontanini agradeció la presencia de los visitantes, mientras María Angélica Petit, una incansable trabajadora de la cultura, se comprometió a oficiar de "pata uruguaya" de la mesa de Palabras Escritas.

A.Maciel 13 junio 2009.

 

 

 

 

e la mesa de Palabras Escritas.

 

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Los peligros de las misas

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(DE LO QUE ACECHA EN LAS PARROQUIAS)

 

 

 

Reconozco que soy algo aprehensivo, por eso tomo las máximas precauciones  que me permite la convivencia diaria.

Dejé de comulgar cuando el doctor Morales le recomendó a tía Neria que evitara las harinas por la diabetes. A ver si el Vaticano, me dije, se ocuparía de pagarme el día de mañana la fenformina que deberé recibir “quo at vital” para controlar los azúcares, como sucede con la pobre tía Neria que de tanto ir a misas y comulgar harinas, terminó diabética. Además don Honorio siempre contaba que cierta secta de fundamentalistas islámicos había saboteado la sacristía de la catedral para impregnar las hostias con sucedáneos opiáceos que terminaron provocando una especie de catalepsia en los fieles. Uno nunca sabe lo que puede contener un inocente alimento espiritual hecho de materia, siempre propensa a las impurezas y los vicios.

 

Mi sobrinita Camila empezó a comer papeles a los dos años. Con toda naturalidad, como si fuesen tostadas, iba engullendo las boletas de servicios que dejaban en el hall de la casa de mi hermana. Camilita abría los sobres para devorar facturas contables, cartas, volantes de publicidad y hasta recibos que dejaban a mano. Aunque mi hermana se lo prohibía terminantemente, alarmada por el pediatra, Camila no cambió su dieta. Ocultando su apetito detrás de bostezos y sonrisas amables, seguía comiendo en secreto cuanto papel conseguía.

Mi hermana primero, mi cuñado después trataron de persuadirla explicándole los riesgos, enfermedades, pestes y maldades que la esperaban si continuaba alimentándose de papeles. Aunque Ca,ila siempre asentía todo fue finalmente en vano.

Así empezó la “guerra papelera” entre la familia y mi sobrinita.

Los padres empezaron a prohibir la entrada de toda especie de papel en la casa. Los envíos de las facturas de servicio fueron desviados a la oficina de mi cuñado, zona libre de Camilas. Antes de entrar en la casa familiar cada pariente, amiga, empleado era prácticamente requisado buscando desesperadamente los papeles que portara por inocentes que parecieren; el hambre de Camila no discriminaba entre boletos del  transporte, pañuelos de tisú o envoltorios de un alfajor. Todo debía depositarse en un armario de seguridad que estaba a la entrada, cerrado con siete llaves.  

 

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FRAGMENTO DE "EL REINO DEL ESPÍRITU" (novela de Alejandro Maciel)

LA SIBILA DE CUMAS

(Fragmento de “El reino del espíritu”, novela)

Alejandro Maciel.

La Falsa Coral y la Tábana temblaban de espanto en medio del bosque oscuro y cuando intentaron interpelar a los pajarracos que lustraban el sarcófago en la copa del árbol, éstos ya no estaban en su sitio. Habían terminado el ataúd que repentinamente cayó pesadamente desde la altura, abriéndose al chocar con el césped.
Las dos corrieron a ver lo que contenía, porque hasta a la distancia era evidente que algo contenía.
-¿No es una... momia o algo así? -preguntó algo estúpidamente la Coral.
-Eso parece -concedió la Tábana, rascándose la cabeza.
Arrollado en lienzos algo rasposos, liado por medio de vendas envueltas sobre su eje, un cuerpo reposaba en el fondo de un sarcófago que a su vez contenía el ataúd que habían terminado los Carpinteros. La tapa del féretro, lustrada casi como la piel de un espejo, tenía tallada en la cabecera las facciones de una mujer con semblante sereno, tocada con las alas de un águila que cubrían la cabeza y los flancos del rostro, enmarcándolo con las plumas de oro.
-¿No me harán preguntas?  -dijo una voz oscura entre las ataduras.
-¡Está viva! -saltó La Falsa Coral un poco temerosa.
-¿Quién es usted? -interpeló la Tábana, armándose de coraje porque estaba muerta de miedo.
-La Sibila de Cumas -declaró la voz, y agregó-: ¿por qué no me descubren la cara que no soporto más estos apósitos?
-Ya va, señora -atinó a decir la Falsa Coral, empujando casi a la Tábana hacia la momia que empezaba a moverse como una oruga gigante y blanca.
Una delegación  de pequeños demonios cornudos e insolentes apareció entre las matas. Venían tarareando un tema de los Rolling Stones, los del frente con quepis que tenían estampada la bandera de E.E.U.U. con sus estrellitas sobre la visera. Otros calzaban zapatillas deportivas y jeans gastados; tres de ellos con latitas de gaseosas, colas y hamburguesas que masticaban con fruición. El que los comandaba, un Capitán corpulento al que llamaban “Alocer” impartía órdenes a diestra y siniestra entre trago y trago de cerveza.
-¡Vuelvan a atornillar las bisagras de la tapa! -indicó a tres peones cuyas colas viboreaban de fastidio.
-Ustedes -advirtió a otros cadetes rojizos y malignos- ¡cuidado con robar el oro de la corona! ¡Lústrenlo aunque sea con sus malditas lenguas!
Se recostó contra un tronco alzando una de las piernas mientras observaba atentamente los trabajos de los que parecían ser sus revoltosos dependientes. Arrugó la lata de cerveza con la mano y la tiró lejos. Después pareció descubrir algo que no le gustó y empezó a gritar:
-¡Quiten la mascarilla mortuoria antes de sacar las vendas! -ordenó a los dos diablillos pálidos que intentaban desamortajar a la momia.
-¡Apuesto mi medalla olímpica -alardeó, enseñando un trofeo brillante que le colgaba del cuello- a que éstos bastardos no terminan su trabajo antes de tres minutos y medio, como siempre, -desafió, poniendo en marcha un cronómetro montado sobre su reloj pulsera. Cuatro diablesas un poco rechonchas lo seguían, dos fumaban cigarrillos negros que olían a petardos; de tanto en tanto agitaban bastones con flecos de colores como si animaran un festival barrial.
-¡Es la vieja bruja de nuevo! -comentaron un poco decepcionados los demonios pálidos que tenían la misión de desenmascarar a la momia, al quitarle la mortaja.
-¡Más bruja será tu madre! -replicó la Sibila enojada.
El Capitán arrancó una ramita del árbol y la arrojó maldiciendo el desorden:
-¡Basta de discusiones! ¿Ya terminaron su tarea? -preguntó a la legión-, entonces ¡a formar para regresar marchando a la base de operaciones! Un, dos, un, dos...
Disciplinadamente el batallón enfiló hacia el sitio por donde habían aparecido perdiéndose en la espesura de la noche, siempre cantando el tema de los Rolling Stones que se fue confundiendo con el gemido del viento al correr entre las ramas.
-¡Ya me estaba asfixiando con tanto trapo! -dijo la Sibila cuando terminaba de quitarse los envoltorios fúnebres que olían a cilantro y mirra. Pudieron ver que era una anciana muy avejentada, con la piel curtida por tantas arrugas que parecía una maorí tatuada para una fiesta selvática. En los brazos casi sólo quedaban los huesos forrados de venas y cuero fláccido y marrón. El cuello se alzaba anguloso al sostener el cráneo amarillento en el que únicamente los ojos tenían resto de vida. Llevaba los cabellos atados en un rodete blanco ceniza con las puntas pardas. Una vena que salía del escote, le saltaba al hablar.
-¿Por qué las pompas egipcias si usted es romana? -preguntó la Tábana.
-¡Ah, ésto! -entendió la Sibila señalando el sarcófago y las vendas-. Sucede que en el Averno están todos caducos. No mueren, pero la demencia senil hace estragos. Empezando por Plutón y Proserpina, que se creen adolescentes y comen chocolatines tomados de la mano. Minos está peor ¡y es el Juez! Ya va la tercera vez que me condena al Tártaro y no estoy muerta. Me confundió con la Reina Haepsu y me envió  al perro de Anubis. Él no está tan caduco pero tiene cataratas y casi no ve. Me sepultó según el ritual del Libro de los Muertos. Y no estoy muerta todavía.
-¡Pero estuvo entre los muertos! -reclamó vivamente la Coral.
-Sí. Estuve.
-Entonces, está muerta -dijo con aire triunfante la Coral- porque los muertos nunca se mezclan con los vivos.
-Aquí tenemos un problema, según su lógica, querida -atacó con sorna la Sibila-. Si es como usted dice, o bien las dos están muertas, o yo estoy viva. Pero es obvio que estamos hablando de igual a igual.
-Entonces, usted está viva -se apuró a conceder la Coral.
-O bien todas estamos soñando -completó la Sibila con una risita maligna.
-¿Cómo es que la sepultaron estando viva? -quiso saber la Tábana.
-¿Quieren saber mi historia? -consultó la Sibila.
-¿Qué hay detrás de la muerte? -dijo por respuesta la Coral, muy ansiosa.
-Nada -fue la contestación seca de la Sibila-. Ni adelante ni detrás de la muerte hay nada. Nos cruzamos tantas veces que ya somos amigas.
-¿Acaso es inmortal? -se le ocurrió a la Tábana.
-No. Peor que eso. Febo estaba perdidamente enamorado de mí y me ofreció concederme un deseo. Yo escarbé la arena, tomé un puñado y le pedí cumplir tantos años como granos había en él. Febo me otorgó el prodigio y no saben cuánto me arrepiento, porque me olvidé de pedir que el cuerpo se mantuviera joven. Tengo 3238 años y ya no soporto un minuto más. El tiempo sólo me dejó la voz. El resto ya ha sido carcomido por los siglos -se quejó señalando su cuerpo raído.


Cuando la inmensa luna reapareció íntegra desflecando una nube, se dieron cuenta que la Sibila estaba llorando. La Tábana se le acercó y la abrazó, tratando de consolarla. El contacto con la momia viviente la estremeció: contagiaba un frío inquietante, desolador.
-Por favor, no llore más -le rogó suavemente.
-Cuando estuve en la tierra me pasé tratando de averiguar lo que sucedía más allá  -explicó la Adivina-. Ahora que estoy más allá por fin sé lo que sucede en la tierra. Somos seres desvalidos. Huérfanos y frágiles. Buscamos una justicia perfecta que no existe en la eternidad -sentenció-. Les aconsejo que traten de instaurarla ustedes, sin esperar que una divinidad se ocupe de la justicia que necesitamos. Es nuestro deber procurárnosla nosotros. Es una cuestión de solidaridad. Nadie nos dará justicia si no son nuestras manos. Ya que somos tan miserables tenemos el deber de amar la perfección. Somos esclavos con el poder de los amos. Cuando miramos hacia adentro nos creemos amos. Pero basta echar una mirada hacia afuera para ver que somos sirvientes prisioneros. Y ni siquiera conocemos al verdadero Señor.
Al ver que ella se acurrucaba sobre los lienzos que habían quedado de su envoltorio, la Coral le preguntó:
-¿Quiere descansar?
-Dormir. Qué más da -dijo la Sibila- total, nunca he dejado de dormir. Sólo los sueños nos mantienen vivos. Si supieran qué es lo que soñaron y qué lo que vivieron, se volverían locas al instante. No se preocupen. Eso que llamamos la realidad no es más que un sueño dentro de otro sueño mayor. No conviene despertarse antes de tiempo. Sigan durmiendo. La vigilia es monstruosa.


La luna destellaba en las alturas. El viento se había convertido en una brisa suave que se colaba jugando entre las ramas.

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EL DIABLO EN LA LITERATURA, Salma Ferraz, Universidad de Florianópolis, Brasil.

El Diablo en la Literatura (fragmento)


FERRAZ, Salma (UFSC)1



 
Me llamo Lucifer, aquel que trae la luz. Así cantaban los ángeles menores, hasta que les fue prohibido este canto. Desde entonces, mi apodo corroe los tiempos anunciando aquel que tiende trampas. Fanfarronería: El hombre deja de lado a Satanás y sabe perderse por sí mismo. (Nostalgia del Amor Ausente, Walmor Santos, p. 121).

         Si la gloria de Dios es encubrir tal como relata Proverbios 25:2, parece que la gloria de los escritores es investigar: creo, luego dudo; no creo, luego cuestiono. De Dios y del diablo. Y entre las mayores preguntas del occidente están las siguientes: ¿Dios existe? ¿Quién creó a Dios? Decir que Dios por ser Dios no fue creado es simplemente huir de la cuestión. Y entre tantos estudiosos de este tema citamos tres de los más recientes: Dios, una biografía de Jack Miles, Dios, un delirio, de Richard Dawkins y Tratado de Ateología de Michel Onfray. Pero al final, nadie coloca esta cuestión en otros términos: ¿Crees en el Diablo? ¿El Diablo existe? No son pocas las obras dedicadas a Lucifer/Satanás, más vulgarmente conocido por Diablo, además de centenas de apodos nada elogiosos. No nos compete en tan poco espacio la tarea hercúlea de debatir el problema de la existencia o no del Diablo; esto pertenece a los demonólogos. Nos compete apenas estudiar las posibles biografías del Diablo en la Biblia y en la Literatura para basar nuestras reflexiones sobre el Diablo en Machado de Assis.
 
 
El Diablo en  la obra de Machado de Assis.
 

         Mucho ya fue escrito sobre Machado. Citamos a continuación a sus principales críticos: Silvio Romero, José Veríssimo, Astrogildo Pereira, Lúcia Miguel Pereira, Augusto Meyer, Roberto Shwarcz, Alfredo Bosi, John Gledson, Harold Bloom. Mientras tanto, la obra de Machado continúa siendo un arca que todavía ofrece tesoros que pueden explorarse. Si mucho se escribió sobre Machado, parece que hay una cierta renuencia a explorar toda la variedad de la obra del escritor, y esto se traduce en una falta de renovación de los estudios machadianos y creó un paradigma de reproducción de nuevos trabajos que todavía giran en torno de Schwarz y Bosi, como tan bien señaló Gledson11. También se deja de lado la llamada primera etapa del escritor, el Machado que existió antes de Memorias Póstumas de Brás Cubas, publicado en 1881, y cuando se explora esta etapa, es con la esperanza de encontrar algo que ilumina al Machado mayor. Pero la obra de Machado es mucho mayor que los ojos oblicuos y disimulados de Capitu pudiesen prever y de su oda Al verme que primero roer las frías carnes de mi cadáver... Mucho ya se escribió sobre el adulterio o no de Capitu y tal vez esto era todo lo que Machado no quería. Tal vez este abordaje lo habría dejado realmente con los ojos de resaca, de hecho, el escritor de resaca.
        Uno de los ejes preferidos en la obra de Machado es el constante intertexto con la Biblia. Esto puede constatarse en Memorias Póstumas de Brás Cubas, Dom Casmirro, Esaú y Jacó y en varios cuentos. Ya se escribieron algunos trabajos explorando este sustentáculo de la obra de Machado, pero tal vez sea el momento de retomar esta línea de análisis, ahora con el instrumental teórico correcto sobre los estudios comparados entre Teología y Literatura12.
        El Diablo, como ya afirmamos, se ofrece como magnífico personaje para la literatura y Machado no dejó de explorarlo, ya que para él el Diablo no es tan feo como se pinta13.... Siempre que se menciona la cuestión del Diablo en la obra de Machado de Assis, nos viene inmediatamente el recuerdo del cuento La Iglesia del Diablo (1884). Pero existen otros dos cuentos en que él aparece: Adán y Eva (1896) y El Ángel Rafael, publicado en el Jornal das Famílias (1869).
         En el cuento Adán y Eva el juez Veloso, insigne en teología, para asombro del carmelita Frei Beto afirma que las cosas en el Paraíso no tuvieron lugar de acuerdo con el relato del Génesis:
En primer lugar, no fue Dios quien creó el mundo, fue el Diablo... (...) – Fue el Diablo. Fue el Diablo quien creó el mundo; pero Dios, que le leyó el pensamiento, le dejó las manos libres, cuidando solamente de corregir o atenuar la obra, a fin de que al propio mal no quedase la desesperanza de la salvación o del beneficio. Y la acción divina se mostró luego porque, habiendo creado las tinieblas el Diablo, Dios creó la luz, y así se hizo el primer día. El segundo día, en el que fueron creadas las aguas, nacieron las tempestades y los huracanes; pero las brisas de la tarde bajaron del pensamiento divino. El tercer día se hizo la tierra y brotaron de ella los vegetales, pero sólo los vegetales sin fruto ni flor, los espinosos, las hierbas que matan como la cicuta; Dios, si embargo, creó los árboles frutales y los vegetales que nutren o encantan. Y habiendo el Diablo cavado abismos y cavernas en la tierra, Dios hizo el sol, la luna y las estrellas; tal fue a obra del cuarto día. En el quinto fueron creados los animales de la tierra, del agua y del aire. Llegamos al sexto día, y aquí pido que redoblen su atención. (Machado, p. 1, el resaltado es nuestro)  
        
        Observemos que el cuento invierte toda la creación. El Diablo es el creador y Dios va arreglando lo que no salió bien. Se sigue la narrativa de la creación de la primera pareja. El Diablo crea a Adán y Eva, solamente con malos instintos, porque no podía infundirles el alma. Dios arregla la creación del Diablo dando a la pareja alma junto con sentimientos nobles y puros y hasta un jardín de delicias. Impedido de frecuentar el jardín, el Diablo transforma la serpiente en su embajadora, concediéndole el don del habla: El Diablo la describe como serpiente, odio rastrero, ponzoña de las ponzoñas y la instruye para tentar a la pareja a comer del árbol de la ciencia del Bien y del Mal, pues así conocerían el mismo secreto de la vida:
Sí, el mismo secreto de la vida. Ve, serpiente de mis entrañas, flor del mal, y si salieras bien, juro que tendrás la mejor parte en la creación, que es la parte humana, porque tendrás mucho talón de Eva que morder, mucha sangre de Adán en la que posar el virus del mal... Ve, ve, no te olvides... (Machado, p. 2, el resaltado es nuestro)
 
         En este cuento, el escritor disocia la serpiente del Diablo. Son dos seres absolutamente distintos. La serpiente envidiosa y ponzoñosa tienta a la pareja, Eva resiste y la llama pérfida. La inteligencia que caracterizaba a Lucifer es transferida a la serpiente que responde en un discurso poético:
§    ¡Necia! ¿Para qué rechazas el resplandor de los tiempos? Escúchame, haz lo que te digo, y serás legión, fundarás ciudades, y te llamarás Cleopatra, Dido, Semíramis; darás héroes de tu vientre, y serás Cornelia; oirás la voz del cielo, y serás Débora; cantarás y serás Safo. Y un día, si Dios quiere descender a la tierra, escogerá tus entrañas, y te llamarás María de Nazareth. ¿Qué más quieres tú? Realeza, poesía, divinidad, todo cambias por una lesa obediencia. Ni será sólo eso. Toda la naturaleza te hará bella y más bella. Colores de las hojas verdes, colores del cielo azul, vivos o pálidos, colores de la noche, han de reflejarse en tus ojos. La misma noche, en disputa con el sol, irá a jugar en tus cabellos. Los hijos de tu seno tejerán para ti las mejores vestiduras, compondrán los más finos aromas, y las aves te darán sus plumas, y la tierra sus flores, todo, todo, todo...
 
        Destacamos el lirismo del discurso de la serpiente. Ella es seductora, dice a Eva que ella podrá regresar a la tierra como madre del hijo de Dios. La serpiente prueba que merece ser embajadora del Diablo, pero aún así Eva resiste. Dios ordena que Gabriel descienda al paraíso terrestre y busque a la pareja para vivir en el Paraíso celestial y el Diablo y la serpiente son maldecidos a vivir en la tierra.
         El cuento La Iglesia del Diablo también es bastante conocido. El inicio recuerda al Libro de Job y el Prólogo de Fausto de Goethe. Sólo que esta vez el Diablo se presenta en el cielo no para recibir una apuesta de Dios sino para informarle que va a fundar su propia iglesia. El intertexto con Fausto es evidente:  
Hay muchos modos de afirmar: hay sólo uno de negar todo (...)
- No vengo por vuestro siervo Fausto- respondió el Diablo riendo, sino por todos los Faustos del siglo y de los siglos. (...)
- Señor, yo soy, como sabéis, el espíritu que niega. (Machado, p. 4-6)
         El Diablo es descrito con los ojos encendidos de odio, aquel que vive en las provincias del abismo. En el diálogo entre los dos, Dios lo define como un viejo retórico, sutil, vulgar y sin creatividad. Varias veces el narrador describe al Diablo riendo y sonriendo: El Diablo sonrió con cierto aire de burla y triunfo14. Lo que el Diablo quiere es fundar una Iglesia en la cual las virtudes se transformarían en pecado y los pecados cristianos en virtudes, en fin, cambiar lo correcto por lo errado, tornar santo y apacible, el bigote del pecado. Cuando regresa a la tierra, el Diablo como en una especie de evangelio profano trae la buena nueva a los hombres, confiesa que es el Diablo y rectifica su carácter manchado por las historias que las beatas contaban de él:
Sí, soy el Diablo, repetía él; no el Diablo de las noches sulfúreas, de los cuentos somníferos, terror de los niños, sino el Diablo verdadero y único, el propio genio de la naturaleza, a la que se dio aquel nombre para alejarlo del corazón de los hombres. Heme aquí gentil y airoso. Soy vuestro verdadero padre. Vamos: tomad de aquel nombre, inventado para mi descrédito, haced de él un trofeo y un estandarte, y yo les daré todo, todo, todo, todo, todo, todo...


        En este nuevo evangelio el espíritu de negación con grandes golpes de elocuencia afirma que es él el verdadero padre de los hombres. Afirma que la envidia, la soberbia, la ira, la gula y la cólera eran en realidad virtudes. El Diablo machadiano es un Diablo culto, ya que conoce la literatura y sus personajes. Cita a Homero y defiende que sin la ira, no existiría la cólera de Aquiles y que sin la gula, Rabelais no habría producido sus mejores páginas. Citando a un letrado padre napolitano, el Diablo recomienda: ¡Que desaparezca el prójimo! No hay prójimo. La única excepción es cuando se trataba de la mujer del próximo.
        La Iglesia prospera y el Diablo da gritos de triunfo: todos ahora sólo hacen el bien, o sea, sólo cometen los pecados anteriormente condenados, lo errado es lo correcto. Sólo que lo que el Diablo no imaginaba es que las personas a escondidas comenzaban a practicar el mal, o sea, practicar actos que en el pasado eran virtudes y ahora estaban prohibidas. Se espantó, llegó a los cielos, temblando de rabia, ansioso, con una agonía satánica. En el triunfo por sobre el perturbado Diablo, Dios lo mira y dice:
¿Qué quieres tú, mi pobre Diablo? Las capas de algodón tienen ahora franjas de seda, como las de terciopelo tuvieron franjas de algodón. ¿Qué quieres tú? Es la eterna contradicción humana. (Machado, p. 11, el resaltado es nuestro)
    
          Llegamos entonces al cuento El Ángel Rafael, por la cronología, el primero de los tres cuentos aquí analizados ya que fue publicado en 1869 en el Jornal das Famílias, y el que más nos interesa para este ensayo. Entre los casi doscientos cuentos de Machado, éste es de los menos conocidos. En 1973 Raymundo Magalhães Junior publica por la editora Bloch la obra Cuentos Fantásticos de Machado de Assis, que es reeditada por la misma editora en 1998 y en la cual está incluido el cuento aquí analizado. En la introducción el crítico llama la atención para lo que él denomina fantástico mitigado en los cuentos machadianos y alerta “que la crítica había prestado poca atención a ese aspecto de la obra de Machado”. (Magalhães, p. 3). Ya Marcelo J. Fernandes en su disertación de postgrado intitulada Casi-macabro: lo fantástico en los cuentos de Machado de Assis, mezclando cuentos de su elección más algunos de Magalhães, hace un análisis de la presencia de lo fantástico y defiende la tesis de que Machado diluyó lo fantástico en aquello que él denomina casi-macabro e incluye también al Ángel Rafael. Al Brujo de Cosme Velho le gustaba incursionar por lo fantástico mitigado o lo fantástico casi-macabro, como tan bien conceptualizaron los dos críticos aquí mencionados, afirmando que Machado desarrolla un patrón de lo fantástico15. Pero nos interesa otro aspecto de este cuento.
         Resumiendo la trama del cuento tenemos lo siguiente: un joven de 33 años de nombre Dr. Antero decide quitarse la vida. Aquella noche, cuando estaba a punto de suicidarse, recibe a un criado con un mensaje para que éste lo acompañe hasta la casa de su patrón, Mayor Tomás. Antero resuelve seguir al criado y llega a una casa misteriosa. Es presentado al Mayor que afirma varias veces ser un ser celestial, el Ángel Gabriel, que incomprendido en su misión, había tenido una hija y ahora se alejaba del mundo. Antes de morir quería casar su hija.
         Observemos la creatividad e ironía de Machado en este cuento insólito, fantástico casi-macabro. Cuando Antero va a matarse, hace un taco con una hoja del Evangelio de San Juan y la mete dentro de la pistola. En el momento del suicidio, acto contrario a toda lógica, Antero separa una hoja del Evangelio que comienza por Al principio era el Verbo... Las referencias bíblicas son constantes en todo el texto: Antero vive en la calle de la Misericordia, en la casa del Mayor sueña que después de haberle quitado la vida, Belcebú lo mantenía ardiendo eternamente en una hoguera; la apariencia del viejo Mayor recuerda la de un patriarca bíblico. El mayor insiste en que fue creado por Dios, que tiene origen en el cielo, que fue enviado del cielo, que es el Ángel Rafael y que su hija Celestina es un ángel en la raza y en la candidez. La descripción que el narrador hace de la muchacha es la descripción de un ángel: rostro angelical, virginidad del corazón, cabellos rubios y caídos en rizos y poseedora de una aureola. Para el narrador ella y padre pertenecen a una civilización desconocida y el Dr. Antero se siente arrebatado en las alas de la Fantasía en medio de aquellas personas del cielo. Antero se enamora de Celestina y después de estar en el séptimo cielo, comienza a darse cuenta de que su futuro suegro era monomaniático, pues creía ser el propio Ángel Rafael:
Mi querido doctor, ya debe haber notado que no soy un hombre vulgar; ni soy siquiera un hombre. Usted me agrada porque ha respetado mi origen celeste; si huí del mundo es porque nadie me quería respetar (...)
— Yo soy- continuó el viejo- yo soy el ángel Rafael, mandado por el Señor a este valle de lágrimas a ver si encuentro algunas almas buenas para el cielo. No pude cumplir mi misión, porque apenas dije quién era me tomaron por impostor. No quise afrontar la ira y el sarcasmo de los hombres; me retiré a esta morada, donde espero morir. (Machado, p. 9, el resaltado es nuestro)
 
        Antero confirma sus sospechas: el viejo era un monomaníaco y la hija iba por el mismo camino. Aclaramos que el ángel Rafael no es un personaje bíblico; sólo es citado en Tobías, un libro apócrifo que forma parte de la llamada Biblia católica, pero no forma parte de la Biblia protestante. Aunque mucho se hable del arcángel Rafael, en ninguno de los textos de este apócrifo está la afirmación de que Rafael sea arcángel, sino apenas un ángel. "... Yo soy Rafael, uno de los siete ángeles...” [Tobías 12-15]. Este ángel Rafael hizo cosas que parecen más prácticas de un ángel caído.
         Llegamos al punto más importante del cuento: lo monomaníaco celestial entra en el cuarto del Dr. Antero y le informa con la mayor naturalidad:
¿Sabe quién murió?
 — No.
 — El Diablo.
 Diciendo esto lanzó una carcajada nerviosa que hizo estremecer al doctor; el viejo continuó:
 — Sí, señor, murió el Diablo; lo cual es gran suerte para mí, porque me da la mayor alegría de la mi vida. ¿Qué le parece? (Machado, p. 12, el resaltado es nuestro)
          El Ángel Rafael, que fue publicado en 1869, por lo tanto exactamente 19 años antes de La ciencia jovial (1888), obra en la cual Nietzsche mató a Dios. O sea, el Machado menor hizo lo que el Machado mayor no hizo: mató al Diablo, mucho antes de que Nietzsche matara a Dios. Sólo este parágrafo, sólo esta idea valdría por todo el cuento.


         Michel Onfray en su reciente Tratado de Ateología en el cual defiende que los creyentes sufren de infantilismo mental y que el ateo es aquel que recuperó su salud mental, afirma que la existencia de Dios y del Diablo pertenecen al mundo mágico, a la fábula y que toda creencia es una ficción. Sobre el Diablo afirma: “Satán, Lucifer, el Portador de la claridad – El filósofo emblemático de las Luces...-, aquel que dice no y no quiere someterse a la ley de Dios (...) el Diablo y Dios funcionan como frente y reverso de la misma medalla, como teísmo y ateísmo” (2007, p.6, el resaltado es nuestro)
         Onfray señala que Dios y el Diablo son caras de la misma medalla, teísmo y ateísmo. Disiento y voy más allá: frente y frente de la misma moneda - teísmo y teísmo. Como vimos anteriormente, la Iglesia Católica considera la no creencia en el Diablo como herejía digna de excomunión. O sea, si uno no cree en Dios es un ateo, pero si no cree en el Diablo igualmente lo es. Onfray afirma que un ateo es un ser incompleto, amputado, un sin-Dios. Podemos aseverar, por lo tanto, que un ateo es a partir de ahora un sin-Diablo. Si le tocó a Nietzsche matar a Dios en La ciencia jovial, le cabe a Machado de Assis, diecinueve años antes, matar al Diablo en el cuento el Ángel Gabriel. Tanto Nietzsche como Machado colocaron a Dios y el Diablo en el campo de los seres de papel, personajes. Mataron a Dios y al Diablo y de esta forma paradójicamente los mantuvieron vivos, puesto que los seres ficcionales no mueren nunca. He aquí cómo el Brujo de Cosme Velho mató a Lucifer...
        Onfray afirma que el último Dios desaparecerá con el último hombre. Afirmamos que el último Lucifer también desaparecerá con el último hombre.
 
         
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Cuento de Ricardo Juan Benítez (Argentina)

De la vida de las cucarachas


Por Ricardo Juan Benítez.

Era un trabajo sencillo y descansado, pero a mí me causaba rechazo. Hay personas que adoran armar ramos de flores y preparar centros de mesa. No era mi caso.
Prefería secar cientos de cubiertos, repasar miles de copas o, inclusive, amontonar sillas y mesas. El solo hecho de tener que entrar en la cámara frigorífica ya me causaba cierto fastidio. Luego tenía que repasar los floreritos que habían quedado de la semana pasada. Rescatar aquellas flores que no se habían marchitado, arrancarles algunos pétalos y, después, mezclarlas con las  nuevas. Los centros de mesa eran de cerámica; en su interior se ponía una especie de esponja vegetal que se llamaba “oasis”. Este se remojaba y se le clavaban los tallos de las flores. Por último se adornaban con coronas de novia y helecho, para darle más volumen. Se usaban variedades de fresias, claveles o rositas rococó.


Tal vez el motivo de aquel rechazo fuera la imposibilidad de conformar al arquitecto Filardi. Era el dueño del restaurante. Un detallista. Un obsesivo. En definitiva, un rompe pelotas insoportable. Siempre iba a encontrar un mantel sin la caída adecuada, un velador que no guardaba la línea con los demás. Algún cuadro con una ligera inclinación de su ángulo adecuado. Y los arreglos florales, ¡Cielo santo!, jamás (pero jamás) estarían lo suficientemente prolijos para su condenada óptica.
-¡Benítez!... a este le falta  helecho…
-¡Benítez!... agréguele rositas… y más agua ¡Tengo que estar en todo!
Estábamos terminando de armar el salón para la noche de Navidad, y yo todavía no había podido revisar mi plaza. Constaba de cuatro peines (o sea mesas largas), unos veinticuatro cubiertos (o comensales). Debía acomodar los cubiertos de plata, los platos de porcelana, las copas de cristal y las servilletas de hilo bordadas. Me esperaba trabajo duro, porque las mesas estaban al final del salón, sobre el ventanal principal. Hasta la cocina tenía un buen trecho. Estaba en el piso superior y se llegaba por una escalera de doble tramo. La circulación era siempre por la mano derecha para no entorpecer ascenso con descenso. El arquitecto no permitía tener mesa de apoyo en el salón. Dicho de otra manera, si un cliente quería una cucharita de postre había que subir la maldita escalera.
-¡Pero, Benítez!... ¡Todavía faltan la mitad de los floreros!
El único que miraba embobado mi tarea atroz era un mozo de los llamados “extras”. Eran los contratados específicamente para cubrir una vacante por esa noche, y luego, para la noche de Año Nuevo.
-¿Quiere que lo ayude?-preguntó ansioso.
-¡No! Mejor andá ayudar a Juan, alcanzále esos platos…
-Pero yo…
-Dale, hacé lo que te digo yo.
El tipo se fue mirando de costado algo ofendido. En realidad, y no sabía porqué extraño motivo, no me había caído en gracia de entrada. Tal vez fuera celo profesional. Claro, ¡que estar celoso de este tipo!
El hombrecito tenía un cuerpo macizo, piel cetrina y rasgos aindiados. Causaba gracia verlo en chaleco negro, camisa blanca, pantalón negro  así como los zapatos y el moño. Algo no encajaba en la vestimenta. Era él. El pelo negro y grueso resistía cualquier tentativa del peine por domarlo.  Su postura delataba años trabajando en pizzerías. No tenía el garbo del mozo de restaurante.
Claro que no era su culpa, le faltaba la experiencia. Y algo de cultura. Por otra parte, y su manera, era tan insoportable como el arquitecto.
-¿Dónde están las paneras?-volvía a preguntar
-¿El aceite de oliva?
-¿Así está bien doblada la servilleta?
El tipo trataba de ser amistoso, pero yo no tenía tiempo para prestarle atención. Persistía esa sensación de disgusto. Me parecía que era demasiado amigable. Una impresión de falsedad. Artificial y untuoso.
Lo mande a paseo otra vez.  A la hora de la cena me senté en el otro extremo de la mesa. Bien lejos del pelmazo.
La hora de la cena era un momento extraño.
Era el último instante de calma antes del ajetreo del trabajo. Pero el menú no acompañaba para hacer de aquello un instante placentero. Casi siempre eran alitas y menudos de pollo, con arroz o saltado con papas.
Los compañeros de trabajo eran, por decirlo piadosamente, sencillos. Las charlas no eran demasiado estimulantes, casi siempre comenzaban con un:
-¿Te acordás de Emilio?
-¡Sí!... ¿Dónde está?
-En Madison, se acomodó el guacho, ahí gana muy bien…
-Tienen buenos sueldos, además,  están como efectivos, con recibo de sueldo…
Desde mi óptica era un verdadero desperdicio de tiempo e ingenio. Hasta hacía unos minutos no habíamos hecho otra cosa que trabajar. En algunos minutos estaríamos nuevamente trabajando. Por lo tanto ¿Por qué seguir hablando  de labores?
-¿Te acordás cuándo…?-comenzó alguien otra anécdota.
En este punto era yo el que no me ponía de acuerdo. No sabía si seguir revolviendo la insulsa comida. O seguir escuchando la insulsa conversación.
Todavía faltaban las bromas que Jesús repetía semana a semana sobre la fidelidad de la esposa de Claudio.
Decidí ir a fumar al jardín.
-¡Buen provecho!... ya vuelvo…
Estaba pegando algunas pitadas a mi Marlboro cuándo sentí pasos conocidos a mis espaldas.
-¿Todo bien, Benítez?-el tono afable en la voz del arquitecto Filardi presagiaba desgracias.
-Sí, todo en orden.
-Tengo un pedido que hacerle-Filardi me miró directo a los ojos-el muchacho morocho, el nuevo…
-¿Héctor?-pregunté temiendo escuchar la respuesta.
-Sí, quiero que trabaje con usted.
-Pero yo-traté de protestar-trabajo mejor solo…
-Benítez, le dije que trabaje con usted esta noche, que lo ayude con el servicio sucio, no que comparta la propina-lanzó una corta risa de hiena-es muy torpe, jamás trabajó en un restaurante.
-Entonces, yo lo tengo que cargar al hombro ¡Justo esta noche!
-Usted es el más capaz que tengo-ahí estaba, primero te daba el dulce y después venía el garrote- por favor, en Año Nuevo se lo encargo a Juan.
-¿Y porque no hoy?
-Juan trajo al hermano, y parece que tampoco es muy hábil que digamos, así que va a trabajar con él.
-Parece que estamos escasos de mano de obra calificada…
-Benítez, después le voy a recompensar este favor-terminó cortante.
No recuerdo haber trabajado tan mal como aquella noche navideña.
Parecía que con el nuevo para lo único que nos poníamos de acuerdo era para equivocarnos. En un momento, luego de la enésima macana, lo llevé aparte y le expliqué:
-Héctor, solo te pido que hagas lo que yo te digo-lo miré severamente-mirá, yo no soy jefe ni me gusta mandar. Pero si no hacemos algo ya, esta noche no vamos a sacar propina ni para el colectivo. Andá por las mesas, retirá todo el servicio sucio y los ceniceros. Yo sirvo las bebidas, traigo hielo y preparo todo para el brindis. ¡No te olvides de retirar las migas de pan con el cepillo!
El tipo me obedeció sin chistar. Pero el resto de la noche estuvo mortificado conmigo. Cuando fuimos a repartir la propina me dijo:
-No, gracias. Vos hiciste todo el trabajo, yo…
-¡No! Vos fuiste muy útil, en serio…
-No mientas, Ricardo, no es necesario.
Desde aquella infausta noche no lo había vuelto a ver.
El restaurante siguió abierto un par de temporadas más. Tenía toda una tradición familiar centenaria pero al arquitecto le interesó más vender la propiedad por unos cuántos dólares, muchos para ser sinceros, que la prosapia familiar del lugar. Que la clientela y su personal. Así como la opinión de Don Basilio, el patriarca que había fundado Buckimgham’s en el año 1903.
Lo vendió.


Al estar desocupado uno piensa que solo es cuestión de tiempo. Que enseguida saldrá una nueva oportunidad. Uno cree y tiene fe. Todas las mañanas se levanta con el diario bajo el brazo. Busca en las bolsas de trabajo. Sigue los datos improbables de algún conocido.
Hasta que ya es demasiado tarde. Después de ser rechazado por enésima vez, se toma la decisión de hacer algo extremo. Como robar un banco, o asesinar a alguien y cobrar el seguro.
En mi caso personal salí a vender pastelitos de dulce de batata y membrillo por los negocios del centro.
Sobrevivía.
Pero aquella noche, no.
Estaba en el bar de la estación de trenes bebiéndome las ganancias del día.
-¿Ricardo? ¿Sos vos?
El rostro era inolvidable. El pelo como de cepillo. Los ojos negros y achinados.
El lugar dónde lo había conocido tardó un rato más en hacerse nítido. Tal vez fuera el efecto del alcohol barato.
Pero las coordenadas se superpusieron en algún momento de aquella confusión. Sólo quedaba recordar el nombre.
-Hola… ¿Cómo estás? ¡Tanto tiempo!-fingí cierta simpatía.
-Bien, muy bien… ¿Y vos?
-Tirando… más o menos-.En realidad no daba para mentir la situación. Con sólo ver mi vestimenta se daba cuenta que no corrían buenos tiempos.
-¡Que lástima!-me pareció escuchar un tono algo burlón en su voz- a mi me va fenómeno. Fui a probarme en el grill Kentucky y quedé ¿Vos vivís por acá?
-Sí, a mitad de camino entre Moreno y Paso del Rey. Unas quince cuadras de la estación.
-Yo vivo a cuatro cuadras para el otro lado de la estación-dijo señalando vagamente un punto más allá de las vías- edifiqué un chalet de dos dormitorios. Y además me compré un auto usado… un Renault 12.
-¡Que bien!-El tipo se pavoneaba con sus logros.
-¿Te acordás cuándo arreglabas tus floreritos?-Parecía ser que ese trabajo que yo odiaba, él lo veía como un símbolo de status laboral-¡Las vueltas que tiene la vida! En ese momento yo estaba sin trabajo y vos eras la mano derecha del dueño… y ahora…
-Soy yo es que está en la mala-dije de mala gana-son las vueltas que tiene la vida…
-El asunto es que no hay que darse por vencido. Tenés que seguir luchando ¿tu familia?,-ahora me daba consejos de libro de autoayuda.
-¡Claudio, me cobrás, por favor!-No iba a permitir que me siguiera hostilizando- disculpá… este…
-Héctor…
-¡Claro!... Héctor, se me hace tarde.
-Esperá, Ricardo, pago yo. Además tengo algo para vos-El tipo se acercó con aire conspirativo-Mi cuñado trabaja de cocinero en el country club San Diego… creo que te puede conseguir algo para los fines de semana…
-¡En serio!-Estaba genuinamente interesado-¿Y como hacemos? ¿Tenés teléfono?
-¡No! Ya nos vamos a encontrar acá, o sino, te pegás una vuelta por el Kentucky.
La invitación no sonaba muy prometedora. Entonces la olvidé.
Al llegar a casa era bastante tarde. En el fondo de mi conciencia sabía porque llegaba tan tarde. Sentía que estaba en falta, que no era un hombre completo si no podía brindarle un buen pasar a mi familia. Además era una táctica para eludir los reproches. Esa noche la táctica iba a fallar.
-¡Por fin llegaste! ¡Seguro que te quedaste tomando con tus amigotes!
-Por favor, esta noche no,-casi supliqué, aunque sabía que sería inútil-tuve un día muy duro.
-¡Ya veo! ¿Te sobraron todos esos pasteles? ¿Qué le voy a dar de comer a los chicos? ¿Pastelitos toda la semana?
-Susana, por favor, yo…
-Paula está con fiebre. Estuvo todo el día con casi 37 grados ¿Qué hacemos?
-¿La llevaste a la salita?
-¡Vos sabés como te atienden ahí!-estaba realmente furiosa-además no puedo hacer una cola de cuatro horas ¿Con quien dejo a Carlitos?
-¡Vamos a la guardia del Hospital! Puede haber un pediatra y…
-¡Ricardo! ¿Sabés que hace falta? Que tengas un trabajo decente con obra social, aportes jubilatorios y un sueldo. Dinero, todo se soluciona con dinero ¿Entendés? ¿Con que vas a comprar las medicinas?
-Podría pedir unos pesos prestados a Emilio, o recurrir a la ayuda social…
Me dedico una mirada dónde la bronca y el desdén se mezclaban en partes iguales. No lo puedo asegurar, pero me dio la sensación que había echado un vistazo al cuchillo Tramontina que descansaba sobre la mesada de la cocina.
Fuera lo que haya sido no me quedé a averiguarlo.
Estaba oscuro, desolado y frío. Era uno de los inviernos más duros que recordaba en los últimos tiempos. Temblando caminé las veinte cuadras hasta la casa de Emilio.
Debe ser bastante molesto que un amigo te despierte a las dos de la madrugada para pedir dinero. Así y todo, Emilio, sin siquiera dar muestras de incomodidad; me dejó en la cocina tomando un café recién preparado. Se perdió por la puerta del dormitorio y al rato volvió con un puñado de billetes.
-Me lo devolvés cuando puedas-dijo suavemente.
-No, Emilio, esta semana yo…
-Ricardo, dije cuando puedas. Primero solucioná el asunto de tu trabajo.
Esa misma noche llevamos a la nena al hospital, compré los antibióticos, algo de comida para los míos y tomé una decisión férrea. Conseguir trabajo a cualquier precio. 
Seguí luchando un par de semanas más con mi impotencia.
-¡No! Ya tomamos-la clásica respuesta que da algún referido para sacarse el problema de encima.
Pero seguí adelante. Sin importar las caídas, sólo pensando en levantarme.
Conseguí algunos trabajos esporádicos, mal pagados y fuera de término.
Parece que cuándo uno está desesperado por dinero los demás (los patrones) aprovechan para, en el mejor de los casos, pagarte lo menos posible y lo más tarde factible. Tienen cierta afinidad con las fieras que olfatean el miedo.
Los conocidos (los camaradas) pasan datos que casi siempre terminan en un:
-Muchas gracias, ya lo vamos a llamar.
Estaba en la zona del microcentro dónde se amontonan los bancos y las financieras, detrás de ese inalcanzable dato que me llevara a la estabilidad laboral perdida.
Miré en que  calle me encontraba. Era 25 de Mayo casi a la altura del restaurante dónde trabaja Héctor.
El Kentucky quedaba cerca. Entable una sorda lucha interna. Tal vez, una intentona más; antes de otro fracaso.
El horario no era el más adecuado para conversar. El salón estaba atestado de comensales desesperados. Eran empleados bancarios o agentes de bolsa, que apenas si tenían tiempo de tragar. Todos querían esos platos espantosos pero rápidos.  Comían un sándwich o empanada, mientras hablaban por celular, se echaban un trago de gaseosa dietética y salían a sus tareas acomodando el vuelto en sus billeteras.
Eso era un grill, comida con cierta variedad pero esencialmente rápida de preparar y servir. En la cocina se amontonaban las papas fritas grasosas ya marcadas, las pastas precocidas y las ollas en el baño maría con puré, salsas indescriptibles y arroz pegoteado.
-¡Estoy tapado de trabajo!-Me dispensó unas palabras Héctor- Todavía no hay nada para vos… si sé de algo te aviso…
Era bastante difícil que me pudiera avisar. No sabía mi dirección ni mi teléfono.
Mientras me retiraba arrastrando los pies observé un par de detalles.
Lo primero fue la mirada torva y de soslayo de Héctor.
Luego, después de cambiar algunas palabras con los otros mozos, estos echaron a reír mientras me miraban con burlón descaro.
Ahí comprendí todo el asunto. No le había bastado con humillarme una vez, sino que quería compartir su extraña venganza con los otros. A él tampoco le había caído en gracia aquella Nochebuena. Esta era su forma, un tanto burda, de revancha.
-Ahora, Héctor, no tengo tiempo para vos-Me dije para mis adentros- Pero, ya nos vamos a encontrar un día de estos.
Un viejo dicho del campo dice:
-“Siempre que llovió… paró”.
Al poco tiempo conseguí un trabajo de mozo en una confitería en una ubicación privilegiada con excelente clientela.
Debo confesar que la caída había arrastrado en pocos meses un esfuerzo de años. Primero vendí la casa y busqué un alquiler. Después vendí todo los electrodomésticos que pude. Por último los objetos de oro que tenía de épocas más favorables.


Reponerme me llevó unos tres años de duro trabajo e infinidad horas extras. Que, a Dios gracias, no escaseaban.  Los patrones pagaban buen sueldo y en el plazo debido.
Estaba en la cocina, disfrutando del desayuno. Era un día de semana, temprano a la mañana. Dentro de la gastronomía los días francos de servicio no caen los fines de semana, te los dan un día de la semana. Una cucaracha comenzó a maniobrar frente a mis narices. Recordé algo que había visto en un documental. En principio, ese bicho tenía una presencia en el planeta Tierra, de un mínimo de trescientos millones de años. Se adaptaba a cualquier condición adversa, por extrema que fuera. Además era autónomo. Muy diferente de las hormigas, o las abejas. Si uno tuviera la capacidad para encontrar, y liquidar a la reina, el resto de la comunidad desaparecería. La razón de su vida es servir a la realeza. En cambio, las cucarachas, tenían otros motivos diferentes. Su único objetivo era sobrevivir, comer porquerías y revolcarse en su propia mierda. Como además tenían la capacidad de no enfermar con los virus que ingerían, los transmitían y enfermaban a las otras especies. Sobre todo la humana.
Sobre la cocina había dejado la caja de fósforos. La tomé y la vacié.
Las cucarachas por las mañanas se esconden en sus recovecos, pero, la noche anterior había fumigado; y aquella era una sobreviviente de la masacre. Estaba algo atontada, y se movía lento. Sería un interesante experimento, ver cuánto tardaba en morirse dentro de la caja. Con uno de los fósforos la empuje, y obligué a entrar en la caja. No opuso demasiada resistencia.
Era un día de auténtica libertad. Mi mujer y mi hija estaban en casa de unos familiares. Era un día ideal para visitar un viejo amigo, y recordar otras épocas.
Me vestí sin prisa, y seleccionando lo mejor de mi vestuario. Mocasines de cuero de carpincho, medias de hilo, unos pantalones de corderoy azul, camisa de jean celeste y la campera con forro de corderito. Cuándo salía tomé la caja de fósforos con el experimento, y la puse en el bolsillo interior de la campera.
El Kentucky estaba menos lleno que de costumbre, tal vez por el horario.
-¡Hola Héctor! ¿Cuál es tu plaza?
El tipo se quedó estupefacto. Sin habla.
-¡Vamos, hombre!-Puse mi mejor sonrisa-El sol sale para todos… ¿Pensaste que toda la vida iba a estar hecho un menesteroso?
-¡No!... no es eso… es solo que…
-Sí, ya sé… ¡Tanto tiempo!-Otra vez me puse en condescendiente-no importa… ¿Por aquí está bien?
Indiqué un lugar algo alejado, con pocos parroquianos.
-Tengo tiempo de esperarte para hablar. Primero voy a comer algo… dame la  carta y traéme un buen borgoña.
Mientras Héctor se alejaba algo extrañado, consulté la carta. Un buen minestrón serviría a mis propósitos. Algunos de los mozos que estaban en la entrada de la cocina, eran los mismos que habían mirado burlones la vez anterior. Ahora me miraban a hurtadillas, y serios.
Héctor descorchó el vino, y me lo sirvió ceremonioso. Entonces le pedí la sopa.
Tomé un par de sorbos, y saqué la cajita del bolsillo. El bicho seguía inexplicablemente vivo. Ni el insecticida ni el encierro habían podido con sus deseos de vivir. Cerré la cajita y la dejé en un costado de la mesa.
Héctor llegó con el humeante plato hondo.
-¿Tu cuñado sigue trabajando en San Diego?-le dije intencionado.
-Ricardo… yo no quise…
-Tomarme el pelo-Ahora elevé un poco el tono de la voz-¿Por lo menos aprendiste a hacer una fondue decente?… sorete…
-Pará, no me…
-Pará vos… y escucháme-Se quedó callado-¿Te pensaste que porque trabajás en este bodegón de mala muerte te podés comer el mundo? ¿Quién carajo te creés que sos para burlarte del caído? Te voy a enseñar una lección que no vas a poder olvidar… andáte nomás, ya vamos a seguir este asunto.
Me quedé mirando los vegetales que flotaban en el líquido espeso. Tomé la cuchara y revolví un poco el contenido. Entonces tomé la cajita de fósforos.


La cucaracha estaba aún más torpe que antes, tardó bastante de salir de la cajita. Hizo algo de equilibrio en el borde del plato, hasta que patinó en el líquido. Trató de apartarse de la sopa caliente, pero no pudo. Como si fuera un pantano, cada movimiento la hundía más en la sustancia. Lo último que quedó a la vista, fueron las antenas que dejaron de moverse. Levanté la mano llamando al mozo.
-Héctor, te voy a contar que va a pasar en los próximos minutos-Tomé un sorbo de vino-Vas a llamar al encargado, porque de forma desaprensiva, en el plato de sopa hay una cucaracha.
La quijada de Héctor cayó casi a hasta tocarle el pecho.
-Como vos sos el responsable, yo te reclamé, ¡Y vos me contestaste de mala manera!... o sea no me va a quedar más remedio que armar un escándalo, a los gritos…
-¡No! Por favor… no hagas eso… ya me suspendieron una vez por llegar tarde… y…
-Lo siento, Héctor
Sin darme cuenta, como le había pasado una mañana a Gregorio Samsa, yo también me había convertido en un sucio insecto, el más pestilente de todos.
-Héctor… llamá al encargado…  
 

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I. KANT EN ESPAÑOL, por Coriolano Fernández, (Filosofía UBA)

   IMMANUEL EN ESPAÑOL


                                     Por Coriolano Fernández
 
    “Tuve la suerte de tener como profesor a un gran filósofo al que considero un maestro de la humanidad. Su ancha frente, hecha para pensar, era la sede de un gozo y una amenidad inagotable, de sus labios fluía un discurso pletórico de pensamientos. Las anécdotas, el humor y el ingenio estaban a su servicio y las clases  eran siempre instructivas y entretenidas. Ningún hallazgo era desechado para poder explicar mejor el conocimiento de la naturaleza y el valor moral del ser humano.
   La historia, las ciencias naturales, las matemáticas y la experiencia : tales eran las fuentes en que animaba sus lecciones y su trato. Los alumnos recibían la consigna de pensar por cuenta propia. Este hombre cuyo nombre invoco hoy con la máxima gratitud y respeto se llamaba Immanuel Kant.” Así escribía el también filósofo Johann Gottfried Herder  alumno de Kant hacia 1762.Kant vivió en el siglo XVIII en Königsberg, la ciudad de los siete puentes por cuyo centro corre el río Pregel, casi sobre el Mar  Báltico, en lo que entonces era, para muchos europeos, la última frontera de la Europa ilustrada o culta. Pertenecía al reino de Prusia y la región se llamaba Prusia Oriental. Allí, pasó su infancia y adolescencia Hanna Arendt, que nació accidentalmente en Hanover pero su familia era de Königsberg.


   La ciudad había sido fundada en 1255 por Ottokar II, rey de Bohemia (König en alemán es rey). ¿Y dónde está ubicada? Podemos ir a un mapa y buscarla entre Polonia y Lituania, bien al norte, sobre el Báltico, como decimos, pero no la hallaríamos…porque tras la Segunda Guerra Mundial la Prusia Oriental fue dividida en dos partes, la meridional se adjudicó a Polonia, y la septentrional fue anexada por Rusia (por entonces Unión Soviética), incluyendo Königsberg, que fue rebautizada Kaliningrad. Mijaíl Kalinin fue dirigente revolucionario en 1917 y luego fervoroso estalinista).
   Hoy sigue siendo Kaliningrado (en ruso grad es ciudad). ¿Por qué no siguió la  huella de San Petersburgo, felizmente recobrada para su clásico nombre? Seguramente  porque los habitantes  ya son rusos y hay una reducida población alemana y lituana. La región pertenece a Rusia, lo que los rusos llaman öblast, especie de provincia, pero hay algo  curioso: es  una suerte de  enclave geográficamente fuera de Rusia.
   Los rusos demolieron el Palacio Real y en su lugar asentaron un edifico de mal gusto, típico de la arquitectura soviética, sin reparar en que el palacio debía mantenerse simplemente por razones históricas.
   Pero hubo una compensación. En 2005, al celebrarse los 750 años de la ciudad, Vladimir Putin y Gerhard Schröder, en esas fechas presidente ruso y canciller alemán, respectivamente, anunciaron que  la universidad se llamaría Immanuel Kant.


   Al comenzar el siglo XVIII Königsberg tiene entre cuarenta y cincuenta mil habitantes  -una epidemia de gripe hacia   1709 se llevó a varios miles-, hay gran  actividad comercial y una universidad; Gobierna Prusia Federico I, llamado el “Rey Sargento” por su preocupación por el ejército.
   El 22 de abril de 1724  nace Emanuel, cuarto de los once hijos que tuvieron  el talabartero Johann Georg Kant y su esposa Anna Regina Reuter. Al ser adulto, él mismo cambiará su nombre por Immanuel. Cursa sus estudios en el Collegium Friedericianum, de fuerte impronta religiosa luterana, y en 1740 ingresa en la Universidad. Ese año muere el rey y le sucede su hijo Federico II, que será llamado “el Grande”, y es la antítesis de su padre porque compone música, escribe poesías en francés e invita a la corte a Voltaire.
   Al terminar sus estudios se instala Kant en varias casas de los alrededores para trabajar como preceptor. En 1755 obtiene el grado de doctor y entra en el claustro de profesores. Inicia así su actividad docente, que se extenderá por cuarenta años y acabará al dar su última clase, sobre Lógica, en 1796.
   Dicta cursos de Metafísica, Física, Lógica, Pedagogía, Matemática, Geografía y, en años de guerra, Fortificaciones y Pirotecnia. Dos veces es nombrado rector de la Universidad. En sus últimos años la salud disminuye, lo cuidan una hermana y su alumno Christoph Wasianski. Muere el 12 de febrero de 1804 y sus palabras son: “Está bien”.
   Kant se levantaba a las  5 de la mañana  y se acostaba a las 10 de la noche. Gustaba de  las caminatas, de fumar una  pipa diaria y, sobre todo, de  las reuniones con amigos, casi siempre en el almuerzo, pues la cena era frugal y con el tiempo la suprimió. Allí, con buen vino, no debía haber menos de tres personas (las Gracias) ni más de nueve (las Musas); no aceptaba tocar temas de filosofía y solía hablar de otros asuntos con gran jovialidad.
   Guardó siempre silencio sobre sí mismo, tanto en su correspondencia como en esos papelitos donde anotaba  reflexiones, incluso al dorso de recibos o  de sobres. Dos mujeres llegaron a su corazón, pero demoró en hacer el pedido de mano, como se estilaba en la época y que hubiera sido aceptado, y la posibilidad  de matrimonio  se desvaneció.
   Minucioso, puntual, sobre todo en la parte final de su vida, ello le ha valido muchas anécdotas, no todas verídicas; a veces se oía a los vecinos decir que no eran las siete porque todavía el profesor Kant no había pasado.
   En su obra Los filósofos entre bambalinas, Wilhelm Weischedel, que titula el capítulo de  Sócrates “El escándalo de las preguntas” y el de San Agustín “La utilidad del pecado”, al llegar a Kant pone: “La puntualidad del pensamiento”.
   Escribió mucho y bien. La edición de la Academia de Ciencias de Berlín tiene veintinueve volúmenes.¿Qué se puede mencionar? Ante todo la trilogía crítica. La Crítica de la Razón Pura, de 1781, impresa en Riga, capital de Letonia, es llamada  por los estudiosos A, y la 2da. edición de 1787, que trae agregados y supresiones, es B. De 1788 es la Crítica de la Razón Práctica  y en 1790 aparece la Crítica Del Juicio,  vertida a nuestro idioma también con otros títulos, como Crítica de la Facultad de Juzgar y Crítica del Discernimiento.
   ‘ Crítica’ no tiene el significado  de oposición según el uso cotidiano. Viene del griego krinein, que es distinguir, elegir, juzgar. Por lo tanto ‘crítica’ es examen, análisis. Un crítico de artes plásticas, por ejemplo, no se opone a los cuadros y esculturas, primero los analiza y como resultado de su trabajo señalará defectos o virtudes.
   La Crítica de la Razón Pura  es su obra maestra y una de las cumbres de la historia entera  de la filosofía. Libro difícil, de cierto estilo barroco y con muchos pasajes admirables. En nota al pie de página dice Kant: “Nuestra época es la época de la crítica, a la que  todo debe someterse”. El propósito del libro es ocuparse de la metafísica y el núcleo de la obra reside en una crítica o examen de la experiencia.
   Esto suena paradójico: ¿por qué quedarse en  la experiencia si, como el vocablo ‘metafísica’ pide, deberíamos ir más allá de la experiencia? Tiempos hubo, dice Kant, en que la  metafísica era la Reina de las Ciencias y merecía el título en virtud de la eminencia de sus temas. Pero ahora  solo recoge desprecio y solloza como Hécuba: (en el poema de Ovidio, Metamorfosis ): “Hace poco era la más importante y poderosa y ahora vivo desterrada y desposeída”.


   ¿Qué sucedió? Sucedió que la metafísica ha desembocado en una disciplina despótica, en matrimonio con el dogmatismo de la razón, y acá alude al racionalismo de  Christian Wolff (1679-1754. Mas no por ello se refugia Kant en el  escepticismo; ni consiste la actitud kantiana en las tesis antimetafísicas de no pocos hombres del Siglo de las Luces, el caso de Voltaire, destacado escritor pero filósofo superficial.
   Es en vano, mostrar indiferencia ante el problema, porque el objeto de  la metafísica no puede ser indiferente a la naturaleza humana. Volvamos, pues, a la experiencia.
   Sin duda nuestro conocimiento comienza con la experiencia, pues los objetos  estimulan nuestros sentidos y tenemos así sensaciones, ahora diríamos percepciones. Si Kant se detiene acá -señala el filósofo argentino A. Carpio- sería un empirista, pero Kant añade: si bien todo nuestro conocimiento  comienza con la experiencia, no por ello todo nuestro conocimiento surge de  la experiencia.
   La clave está en la diferencia entre “comenzar con” y “surgir de”.y como sinónimo de “surgir de” podemos decir “originarse en” ¿Adónde va Kant? A esto: hay en la experiencia un elemento o componente que no es empírico, que  surge de, o se origina en,  otro lado. Y a ese otro lado lo llama  a priori y también puro, expresiones que nuestro filósofo hará célebres.
   ¿Qué significa a priori? No cabe entenderlo como innato ni como anterior en el tiempo; sino como  algo independiente de lo empírico, que proporciona legitimidad y validez al conocimiento al otorgarle el carácter de necesario y universal. Es “anterior” en cuanto a la fundamentación.
   En nuestras sensaciones o percepciones, nivel llamado por Kant  la sensibilidad, hay dos formas a priori, el espacio y el tiempo. Pero  hay otro nivel, el entendimiento. En la sensibilidad las cosas nos son dadas, en el entendimiento las cosas son pensadas. Y en este nivel del entendimiento también señala formas a priori, y las  llama categorías, por ejemplo, causalidad, substancia, unidad, totalidad. Enumera doce.
   . Cuando enuncio el juicio “A es la causa de B”, estoy suponiendo, o “sub-poniendo”, o sea  poniendo debajo, el espacio y el tiempo y las categorías de substancia y causalidad. Espacio, tiempo, substancia y causalidad son a priori.
   Sin los a priori no habría matemática ni física. Los pasos anteriores  explican la constitución de la matemática y de la física matemática, obviamente la de Newton, y muestran cómo dos saberes, dos disciplinas ya han entrado en  “el seguro camino de la ciencia”.


   Resulta entonces que el conocimiento es siempre una síntesis, de algo dado al sujeto y algo puesto por el sujeto, a lo dado llama materia y a lo puesto llama forma (entiéndase: forma a priori ). Materia y forma son términos clásicos de Aristóteles (también es aristotélico el vocablo categoría), Kant los retoma con una dimensión semántica diferente. La materia sin la forma es ciega y la forma sin la materia es vacía.
   Conocemos las cosas no como son en sí, sino como son en mí, pero este “en mí” no se refiere a  un sujeto individual con nombre y apellido, sino al ser humano en general. Y escribe Kant: se ha supuesto hasta ahora que todo nuestro conocimiento debe regirse por los objetos, pero entonces los intentos de ensanchar nuestro conocimiento quedaban anulados por esta suposición; ensayemos, una vez, si no adelantaremos más en los problemas de la metafísica admitiendo que los objetos tienen que regirse por nuestro conocimiento, lo cual concuerda mejor con la posibilidad de un conocimiento a priori de dichos objetos.
   Ocurre con esto, agrega, como con Copérnico, quien no pudiendo explicar los movimientos celestes si aceptaba que la masa toda de las estrellas daba vueltas alrededor del espectador, ensayó si no tendría mayor éxito haciendo al espectador dar vueltas y dejando a las estrella inmóviles. Esta es la “revolución copernicana” de Kant en la filosofía.


   ¿Es esto idealismo? Es idealismo transcendental. Llamo transcendental, escribe en uno de los pasajes más notorios, a todo conocimiento que se ocupa no tanto de objetos, sean éstos los que fueren, sino de nuestro modo de conocimiento de objetos en general , en cuanto este modo ha de ser posible a priori .
   Sensibilidad. Entendimiento. Hay, finalmente, un tercer nivel, el de la razón. A la razón la mueven tres asuntos  capitales, que Kant llama ideas: el alma, el mundo y Dios. El alma designa el problema de si es inmortal. El mundo designa el problema de si existe la libertad. Y Dios cierra la serie resumiéndola y designa si existe.


   Wolff había contestado afirmativamente los tres asuntos, razonando confiado y al parecer sin fallas. Mas lo que hemos visto sobre la constitución del genuino saber científico gracias a la sensibilidad y al entendimiento, no autoriza tal confianza. La razón metafísica debe acudir al tribunal que la convoca para responder de sus pretensiones y este tribunal  es la crítica de la razón pura.
   Por eso Kant, con agudeza magistral, detecta las fallas de la razón: sofisma o paralogismo en el caso del alma, antinomias  en el caso del mundo y demostraciones erróneas en el caso de Dios. Las tres ideas funcionan en el vacío, al ser formas a priori sin contenido propio, no puede haber síntesis y por ende no hay  conocimiento científico.
   Las tres ideas se mantienen en tanto  exigencia, dirección o, dice Kant, cumpliendo una función regulativa, pero no dan saber científico. La metafísica  es imposible como ciencia, aunque es inextirpable del espíritu humano y esa razón fracasada conocerá su mejor triunfo en la esfera de la razón práctica, o sea, la Etica.
   Como decía Juan de Mairena, de esto hablaremos otro día.
 
   La Crítica fue traducida al español en varias  oportunidades y si bien España estaba retrasada en cuanto al desarrollo en filosofía moderna, circulaban traducciones de la versión en francés.
   La primera traducción directa es de José del Perojo (1852-1908), Madrid, Editorial Gaspar, 1883. Llega  hasta la Refutación del Idealismo y la Observación General sobre el Sistema de los Principios. En la Argentina la  imprimió la Editorial Losada en 1938 y  la sigue reeditando en dos tomos, en el primero va del Perojo y el segundo es trad. de José Rovira Armengol y al cuidado de Ansgar Klein.
   En el prefacio de aquel 1883 confiesa del Perojo haber abordado la tarea de traducir a Kant para oponerse al krausismo. El krausismo era la filosofía del alemán  Karl Christian Krause (1781-1832), de prosa abstrusa y complicada terminología, que dominaba el ambiente filosófico español y según del Perojo “impresiona nuestro temperamento meridional y nos humilla en nuestra ignorancia de no entender lo que en esas oscuridades se dice”.


   En  1928 se edita la. de Manuel García Morente, Madrid, Editorial Victoriano Suárez, y reed. Es excelente si bien en ese momento  también  incompleta.
   De 1978 y reed. es la versión de Pedro Ribas, Madrid, Editorial Alfaguara, completa pero con fallas.
   Un hecho poco conocido: en 1996 los estudiosos españoles Miguel Palacios y Rogelio Rovira hallan en la casa de María Josefa  García y García del Cid, hija de Morente, el manuscrito completo de su padre. Y unos años después Rovira y José García Norro publican una edición abreviada del libro, Madrid, Tecnos, 2002.
   La versión G. Morente, pues,  ahora está completa y la editorial Tecnos tenía el propósito de editarla. No sé si ello ha ocurrido.


   Y en 2007 se edita en Buenos Aires (Ediciones Colihue) la de Mario Caimi, profesor de la Universidad de Buenos Aires en la cátedra de Historia de la Filosofía Moderna y eximio traductor del maestro de Königsberg.
   Es excelente también, con un aparato crítico que no tienen las otras, de más de 1500 notas. Por cierto se incluyen las notas de Kant, pero no son numerosas, de modo que la mayoría es del traductor y lleva un índice analítico compuesto por Mariela Paolucci, Marcos Thisted y Esteban Amador.

Para quienes desean entrar en este libro es menester además acompañarse de una explicación. De las redactadas directamente en español señalo:


   A. P. Carpio: Principios de Filosofía, Buenos Aires, Glauco, 2da. ed. 1995 y  reimpr. Cap. X “El Idealismo Trascendental: Kant”.
   M. García Morente: La filosofía de Kant, Madrid, Victoriano Suárez, 1917 y red. la más reciente Madrid, Ediciones Cristiandad, 2004
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Cuento de Pilar Romano, Corrientes

VIERNES ROJO


Pilar Romano

                           Solamente es un soplo, más húmedo que el llanto,
                        un líquido, un sudor, un aceite sin nombre…


                                          PABLO NERUDA (“Agua sexual”)

 
     Ya no llamaba la atención de quienes siempre transitábamos por allí, pero seguía siendo inevitable darle al menos  una mirada.  Se pasaba horas frente a la vidriera de la única casa de modas del barrio, con los ojos fijos en la muñeca,  que lucía ropa distinta cada semana pero conservaba imperturbable la mirada; una mirada que, para  mí,  escondía detrás del yeso una antigua súplica. Él usaba siempre la misma ropa, ropa de pordiosero que no dejaba ver si era gordo o flaco, si sentía frío o calor.  Tampoco era fácil adivinar su edad;  decían que ya no era joven, pero su cara lampiña anunciaba que, en cierto modo, no había crecido del todo;  la infancia y su memoria díscola seguían refugiadas en sus ojos de niño envejecido.


      Eugenio se llamaba.  Y mientras miraba a la muñeca de la vidriera  recitaba a Neruda.  Tal vez por eso le decían “Cartero”;  muchos se encontraron con Neruda recién en esa película. Pero no Eugenio;  quién sabe en qué tiempo Don Pablo le había mostrado su poesía.  


     Lo mirábamos siempre, pero casi nunca pasábamos cerca de él, tratando de evitar la consabida pregunta: “¿hoy es viernes?” Por alguna razón uno se sentía compelido a decirle que no, como si adivinara que la pregunta tenía enredado el temor de que fuera viernes.  Si alguien  no le contestaba, lo perseguía con el interrogante hasta la esquina y luego volvía, casi corriendo, hacia la vidriera en la que seguía su contemplación.
     Precisamente un viernes, al atardecer, me senté junto a Cartero en el cordón de la vereda de la “boutique”. Es que los atardeceres de viernes ofrecen un abrazo a la curiosidad por desentrañar cualquier misterio.  “Quiero regalarle una luz de agua  que no sea la de ese reflector”, me dijo.  “Pobre Matilde, siempre la misma luz...”  La había bautizado Matilde, como el último amor de Neruda,  tal vez para que le sonaran más de cerca los poemas que le recitaba.  Dentro de un rato tendrá la de la luna, le dije.  “Es que no quiero una luz tan blanca, le gustará más una luz casi roja, que empape lo oscuro”.  ¿La tocaste alguna vez? le  pregunté, y recién entonces me miró. “¿No ves que hay un vidrio ahí?” dijo en tono de obviedad, pero giró la cabeza y miró el cristal como si lo viera por primera vez. “¿Hoy es viernes?”.  Sí, le dije, aunque debiera enfrentar su temor. “Se va a quedar sola dos días...”, murmuró.  ¿Vos no te quedás aquí? le dije.  “Sí, pero no puedo ir adentro ni regalarle la luz que le gusta”. Quise averiguar cuándo había leído a Neruda, pero no me contestó: se puso de pie y  empezó a recitar “Agua sexual”;  él me dijo que el poema se llamaba así y al escucharlo supe porqué había dicho eso de  “empapar lo oscuro.”
     
     La tarde que se iba apenas se sostenía en el aire y parecían flotar en ella  los motivos invisibles, tremendos, que dormitaban detrás de los ojos y los versos de Cartero.  No tuve ganas de pensar cómo podría conseguir él que le llegara a Matilde una luz roja,  y después de hacerle algunas otras preguntas que no respondió, lo dejé, justo en el momento en que se encendía el reflector de la vidriera.  Caminé pensando que eso de la luz coloreada era el capricho del momento, lo que se le había ocurrido decirme esa tarde. Seguramente al día siguiente volvería a preguntar si era viernes,  pero  tendría un berretín distinto.


     Pasé de nuevo por allí cerca de la medianoche.  A esa hora Cartero ya no solía estar frente a la vidriera.  No pensaba en él, pero sentí como si una fogata encendida por un loco le daba un sentido distinto a la noche. Y vi que Cartero todavía estaba allí, metido en la vidriera, pálido,  tendido hacia adentro, como si hubiera logrado atravesar el vidrio y tocar al maniquí.  Una tonalidad casi  roja, le cambiaba la mirada a Matilde: Cartero había roto el cristal con una piedra en el puño, aún la tenía apretada,  y la luna, desde los trozos semejantes a diamantes teñidos de rojo sangre, le acercaba a  la muñeca el reflejo que esa noche de viernes pudo regalarle Cartero “como un desgarrador río de vidrio”.  Y quién sabe qué otros versos de Neruda.
 
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